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16 Febrero 2007

Tio Lacho

PAGINA CULTURAL

TIO LACHO

De Tacaná a Chicago, media descomunal distancia. Sin embargo, Tío Lacho se llevó incalculables costaladas de historia en las espaldas de su entendimiento. Y lo hizo, estoy seguro, para rumiar con asequible placer, los tiempos maravillosos de la niñez. Yo no sé como lo consiguió el Tío, pero sin importar el hecho de que hubiese traspasado la frontera por vía legal o como un típico mojado, él pudo llevar ese vasto equipaje, que algún día complementará la historia del pueblo que dejó perdido en la distancia.

Me satisface sobremanera, imaginar al Tío, caminando por las calles de Chicago, balanceándose como “La Animasola”, con su gigantesca corona adornada con rosas carmesí y cuatro tétricas veladoras. Casi lo veo remedando a esa muerte flaca y peluda, de inmaculada vestimenta y preludio de las correrías desenfrenadas de las noches de verano. La muerte penitente con la flecha apuntadora entre sus huesudas manos. La muerte insoslayable, que muchas veces cumplió su promesa dando gusto al gancho criminal de su guadaña y, otras, se hizo la desentendida, dejando a muchos la mortificación de cargar con el estorbo de la vejez por dilatados años.

La muerte, sueño estelar de “Alberto Quiromancia” ó de Rodemildo Robles, personajes de la tradición que pretendieron perpetuarse, disputándose el honor de representar a la multiplicadora de finados en los bucólicos convites. La muerte, comandante de las otras muertes. La escuálida mujer del delirium tremens, corriendo a la turba enardecida con su varejón de membrillo, listo para vejar el culo parado de la mozuela pueblerina o para quitar la presunción al traidito envaselinado. La muerte, a quien todos tememos, sin saber, muchas veces, que la llevamos dentro de la existencia. La Señora segadora de la vida a quien los indios ladinizados o los ladinos aindiados rendimos culto como queriendo vanamente, hacer caso omiso de sus designios. La muerte que paulatinamente, venía, diezmando al pueblo porque “Dios así lo quería” y que cuando sucedió la negra pesadilla de los generales, se hizo afecta a los desmanes y efectuó desmoches de infortunio y vileza, llevándose a cuestas hasta quienes se atrevían a lanzar una tímida mirada a sus patrocinadores.

Cuando Tío Lacho se marchó del pueblo, esto último no había sucedido y él era un niño que soñaba entre una ronda de capiruchos, “cachinflines”, trompos y barriletes de colores. El ya no se dio cuenta cuando hizo su aparición por el pueblo, aquel émulo de campeador apodado “Guarapón” que hizo marchar como gendarmes a todos los de su edad alrededor del parque central y, el muy payaso, caminó desnudo por toda la calle real, sin más indumentaria que la jovialidad de su noble corazón (conste que “Guarapón” es invento de la imaginación).

Dejé de ver a Tío Lacho cuando él era un niño que frisaba los nueve años. Su pelo era de color de cera meca. Su cara simpatiquísima, tirándole un poco a efigie tallada en pepita de marañon. Tenía unos ojos claros escondidos, que arrastraban un hilo de melancolía en su mirar profundo. Algunos lo “chingaban”, diciéndole que tenia cara de gringo arrepentido y él, siempre noble, con una sonrisa de indiferencia ante los insultos y los atropellos. Él siempre con una mueca tierna y de buen cuate en su rostro niño. Ahora que los años han pasado, yo digo que Tío Lacho es de los hombres que nacieron para cargar la bondad hasta la tumba. Yo lo he recordado tantas veces en mis estíos de pesadumbre. Lo he visto venir en la distancia con su caminar de balanceo: lento, calculador, como queriendo derrumbar aquellas casas que ya no existen de aquel pueblo que ahora ya no es el mismo. El pueblo mío, el pueblo suyo, y que, Tío Lacho (ahora comprendo) no quería dejar sin casas con ese su caminar de balanceo, sino que, con toda su alma, Él deseaba llevárselo con disimulados empujones y para evitarle el sufrimiento, allende los campos de Chicago.

Comenzó diciembre del año dos mil uno, mis ojos se alegraron con la figura madura de Tío Lacho. Mi corazón brincó acelerado cuando volví a estrechar su franca mano. Hoy el tío es un fornido templo. La melancolía que antes se le notaba a leguas, la debe tener guardada en lo más profundo de su corazón, en el lugar destinado a los perdones.

Deseo que Roberto Ruiz, el venerable Tío Lacho de mis años niños, con esa vena poética que heredó del pueblo que aún ama, algún día nos transmita sus más caros sentimientos. Esperaré que regrese, que vuelva a caminar como cangrejo triste, que se venga empujando los edificios de Chicago pero… Que regrese a contemplar apacible, los destellos de su otoño.

Guatemala, 02 de diciembre de 2001.

César Augusto (Tito) Espinoza Villatoro.

Galardonado escritor Guatemalteco, miembro fundador del grupo literario Vértice.

Chemealón No. 2 febrero de 2002

Recopilado de “Mal de Patria”, Literatura Cybernética, Versos, Cuentos Y MAS...

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